Desde la restauración democrática han pasado por el gobierno diferentes partidos de distinto signo ideológico. Ya nadie cree en las promesas de cambios mágicos. Pero a pesar de este signo de madurez de nuestra democracia, las opciones políticas que se presentan para octubre sitúan al Uruguay en un escenario de excepcional gravedad. El dilema es, hoy, entre la República o el populismo.
Un compromiso democrático incierto y reciente
La candidatura de José Mujica representa el populismo a la uruguaya. Nunca hubo en el movimiento político al cual pertenece el hoy candidato presidencial frenteamplista un particular apego a la institucionalidad democrática. Denostada por “burguesa y formal”, la excepcional democracia representativa y liberal nacional fue agredida por los Tupamaros en la década del sesenta. Y lo fue con una virulencia tal, que desencadenó un proceso autoritario que terminó en el golpe de Estado de 1973.
Recuperada la democracia en 1985 y en particular con las elecciones libres de 1989, los Tupamaros siguieron dudando de la pertinencia de aceptar la legitimidad que brinda el voto popular. Solo después del sangriento episodio del Hospital Filtro de agosto de 1994 se resolvieron a experimentar el camino de la representación política en el parlamento. Sin por ello dejar de lado, por cierto, otras vías de acumulación de poder que propiciaran, al menos en el largo plazo, las condiciones para avanzar en un declarado cambio “revolucionario y socialista”: en particular, la presencia y prédica de la lucha de clases en los ámbitos sindicales y gremiales del país.
Con una militancia ordenada y el convencimiento de alcanzar el poder, la figura política de José Mujica fue creciendo dentro de filas frenteamplistas. Sector más votado de la izquierda en 2004, el MPP que integra el MLN-Tupamaros construyó con paciencia las bases de un apoyo popular sustentado en una estrategia electoral inteligente a la vez que distinta al clásico itinerario de cualquier liderazgo político tradicional en el país.
Forjado sobre la mismidad en la representación, desde la apelación a un discurso llano y polisémico, Mujica no solamente encarnó una suerte de Benito Nardone reformulado, en el sentido de procurar la aprobación de diversos apoyos en el Interior del país, propio de una nueva izquierda del siglo XXI que debía acumular fuerzas para alcanzar la victoria electoral. También y sobre todo, Mujica logró consolidar su candidatura presidencial sin renegar de su pasado guerrillero; sin convencerse nunca de la centralidad de la representación política del Parlamento; sin adherir del todo a las bases republicanas y liberales del sistema que funda la convivencia nacional desde los tiempos de la Patria Vieja.
Trazos del populismo de Mujica
El candidato del Frente Amplio reivindica la relación directa entre el líder y su pueblo. No critica las fórmulas democráticas- populistas que se han multiplicado en el continente en estos años. Concibe el escenario político desde una perspectiva en la que “los buenos”, integrantes de la izquierda, se enfrentan a los representantes de la oligarquía y los partidos tradicionales, que desde diferentes ángulos encarnan a “los malos”. Maniqueo pero efectivo.
La izquierda y el movimiento popular que él encarna tienen razón. Quienes no piensan como el Frente Amplio, no tienen razón. El relativismo propio de la modernidad, el convencimiento liberal de que no existe una verdad única, y el necesario ejercicio de contemplar diferentes visiones en trabajosas negociaciones que integren a quienes distinto piensan, pero que representan legítimamente a parte de la opinión pública nacional, no forman parte de la concepción política de Mujica.
El tener razón es entonces, consustancial a la naturaleza distinta (y mejor) de quien se autoasigna la representación del pueblo en la lógica populista: el Frente Amplio de Mujica. Ello no implica, por cierto, tener claro un rumbo certero para el país. Lo propio del populismo es su construcción permanente, sus virajes impredecibles, que se ilustran aquí en la coloquial expresión de que “como te digo una cosa, te digo la otra”.
Niego la legitimidad de la Justicia, pero reafirmo luego que se trata de una disquisición intelectual. Promuevo una reforma constitucional para terminar con el orden liberal heredado de 1830, pero dejo abierto el contenido de la reforma a futuras reflexiones. Pongo en duda la propiedad privada de la tierra, pero señalo lo fundamental que es el espíritu empresarial y la propiedad privada para el bienestar del país. Me alineo con la política exterior argentina, pero digo que se trata de peronistas patoteros. Apoyo la generalización de la enseñanza terciaria, pero no hago nada para cambiar el conservadurismo de los gremios vinculados a la educación simpatizantes de la izquierda. Predico las bondades de Nueva Zelanda, pero me alineo con la Venezuela de Chávez. Firmo por la anulación de la ley de caducidad, pero afirmo que hay que conmutar la pena de los viejos torturadores. Insulto a mi adversario político, pero abogo por evitar un caceroleo en su contra.
Detrás de algunos de estos ejemplos de travestismo político que tanto alarman a propios y extraños, de la falta de certezas, está la permanente preocupación por acomodar el cuerpo a la coyuntura. Es un zig-zag que quiere encantar al ciudadano desprevenido para que pueda sentirse, así, interpretado o representado por alguna de las múltiples facetas del candidato.
Detrás de estas manifestaciones de populismo político, está la concepción de la democracia como un instrumento para alcanzar el poder y mantenerse en él aunque ello implique, en el futuro, romper con la misma democracia que le dio la legitimidad para instalarse en el gobierno. Ejemplos no faltan en este sentido. Perón es el más cercano en nuestro Río de la Plata. Pero también los más recientes casos latinoamericanos que intentaron refundar el país y sus instituciones sobre una matriz populista, dentro de los cuales el de Chávez es, quizá, el más mediático de ellos.
Se trata de un populismo que no termina nunca de poder asirse en su contenido político profundo, porque justamente, carece de él.
El certero rumbo de la República
Frente a la exacerbación del comentario contradictorio de la coyuntura efímera como instrumento de convencimiento político, importa reivindicar el espíritu republicano.
En primer lugar, reafirmando la legitimidad de las instituciones democráticas y representativas. NADA hay más legítimo para conducir el país que las autoridades electas por el sufragio libre y secreto de los ciudadanos de la República.
Pero la democracia representativa y el espíritu republicano de gobierno no se agotan en la recurrencia de elecciones libres y periódicas. Está también la legitimidad de ejercicio del gobierno, que implica respetar el Estado de derecho y aceptar las bases liberales de convivencia social.
En segundo lugar, el espíritu republicano exige un contrato entre representantes y representados. Representantes que acuden a las urnas con un claro designio político para ser evaluado por la ciudadanía. Que se comprometen a intentar cumplir desde el gobierno con ese compromiso. Y que están convencidos de que, por su legitimidad de origen, deben velar por la preeminencia del interés colectivo.
Se trata de un interés colectivo que no está dado de antemano sino que surge de la propia evolución del debate de ideas que respeta la regla de la mayoría pero también los derechos de las minorías. Que, claro está, no reniega de auscultar la opinión de las diferentes corporaciones y grupos de interés que existen en la sociedad, pero que no se limita a ser una correa de transmisión de esos grupos. Un interés colectivo que tiene en el imperio de la Ley a su mecanismo legítimo de arbitraje entre distintos intereses sectoriales.
Preeminencia de la democracia representativa y definición de interés colectivo en función de reglas de convivencia que aseguren el mecanismo de gobierno mayoritario sin avasallamientos, forman parte esencial del espíritu republicano de gobierno.
El dilema del Uruguay
La elección de octubre próximo sitúa al Uruguay frente a un dilema de civilización.
Existe un amplio espectro partidario que adhiere convencido a las reglas de juego de la democracia representativa y al espíritu republicano de gobierno. Integran ese amplio y disímil espectro el Partido Nacional, el Partido Colorado y el Partido Independiente. Disienten estos partidos en la combinación de capitalismo y Estado de bienestar que requiere el país para asentar su prosperidad. Disienten pues, como debe ser en democracia, en las políticas a llevar adelante. Pero no disienten en la esencia de lo político que sustenta la convivencia colectiva: las bases republicanas y democráticas de gobierno.
Y por otro lado, está la candidatura de Mujica que reivindica para sí la lógica populista: en su instrumentación de la democracia representativa, en su relativización de los valores republicanos, en su concepción del adversario en tanto enemigo, en su vaciamiento de contenidos de implementación de políticas públicas.
El Uruguay no está ante una elección cualquiera. El debate no es entre izquierda y derecha, entre más capitalismo o más Estado, entre tales o cuales políticas públicas más efectivas para enfrentar la fractura social y la pobreza.
El debate es anterior y más grave para la salud del país. La opción es entre avanzar en el camino de la República o hundirse en el populismo.
Prof. Francisco Faig
D.E.A. en Estudios Políticos
No hay comentarios:
Publicar un comentario